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 Killed Fifteen . . .

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niniarosa
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MensajeTema: Killed Fifteen . . .   Vie Jul 24, 2009 6:49 pm

Prólogo.

La gente derrochaba la vida como si nada; depresiones, sexo, alcohol, drogas... siempre lo mismo, nada cambiaba durante el paso de los años. Ese era el motivo por el que mataba. Mataba para que se dieran cuenta de cómo habían desperdiciado sus vidas, cómo las habían convertido en un asco y ya no servían para nada. Desde un principio quisieron quitarme la vida, desde un principio la odié... Y no quiero que nadie cometa el mismo que error que el mío.

No era ningún monstruo, no era una asesina en serie, como todo el mundo me llamaba... ¿no se daban cuenta del favor que les hacía a todos?





Capitulo 1. El pasado.

Desde un principio fui una asesina.
Maté a mi propia madre cuando nací y no me arrepiento de ello, cuanto antes lo hiciera hubiese sido mejor. Aquella mujer, a la que tendría que haber llamado madre, quiso matarme antes de nacer, no quería tener un hijo más y tal vez, si hubiese sido lista, se hubiera ahorrado el sufrimiento y podría haberme matado en cuanto antes, haría sido lo mejor para ella.
Crecí en un entorno triste, con la más estricta educación junto con mi hermana mayor, el ojito derecho de mi padre.
Desde antes de aprender a andar me di cuenta del odio que sentía mi padre hacía mí, aunque me quisiese un poco. Mi hermana me adoraba y, al contrario que otra pareja de hermanos, era yo quién sentía celos de ella.
Conforme fui creciendo, me iba haciendo más y más solitaria, no quería hablar con nadie ni nadie quería hablar con una niña como yo. A simple vista les daba miedo. Mi tez pálida y mi pelo rubio me hacía parecer una muñequita, pero al mirar mis ojos, algo en ellos les advertía que había algo peligroso en mí. Que suerte tuvieron los que me ignoraron y no me insultaron ni burlaron durante mi niñez.
Pero mi niñez acabó rápido, muy rápido. A los nueve años de edad mi padre se fue a una fiesta de la alta sociedad, dejando a mi hermana a mi cargo, algo que no debió hacer.
Aquel fue mi primer asesinato, la primera persona que maté y a la que más odiaba, fue lo más fácil del mundo.
Mi hermana estaba tranquila en el sofá, por lo que me fue fácil llegar hasta la cocina y esconderme un cuchillo debajo de la manga, para que no lo viera.
Hice cualquier cosa normal en un día normal. Me senté en el sofá, mientras mi hermana estaba tumbada y viendo la televisión. Estuve esperando media hora hasta que quedó un poco adormilada.
«Venga, pequeña, vamos a dormir, ya es demasiado tarde» Me había dicho, pero yo me quedé quieta, mirando la televisión.
Pareció preocuparse y, en cuanto me tocó el hombro para comprobar que me encontraba bien, me lancé sobre ella, clavándole el cuchillo quince veces seguidas.
Tras ver el cuerpo sin vida de mi hermana, me deshice del cuchillo, limpiando bien su sangre y volviéndolo a guardar en su sitio. Me dirigí a mi habitación y me dormí para no levantar sospechas, así podría decir que alguien había entrado mientras yo dormía.

Sabía que ya no era una cobarde, sabía que ya podía matar a quién fuera; no tenía escrúpulos ni me importaba hacer o no daño a la gente. Había probado lo que era matar y me había gustado, no quería parar de matar.
A la semana siguiente, después de que mi padre se pensara que ya estaba recuperada del asesinato de mi hermana-el cuál ocupó varias páginas de la prensa de todo el mundo-, me guardé un cuchillo en la mochila, estaba dispuesta a hacer justicia con todos los que se habían burlado de mí.
Y así fue.
Maté a cinco compañeros de mi clase, uno mientras iba a su casa; dos en el baño del colegio y los otros dos en sus respectivas camas mientras dormían. Todos tenían algo en común, todos habían sido asesinados con un cuchillo y cada uno de ellos tenía quince puñaladas.
La prensa mundial lo llamó ‘‘el asesino del quince’’. Cuando salía en la televisión, tenía que aguantar la risa ¿qué dirían si se enteraran de que no era asesino, sino asesina? ¿y si la ‘‘asesina’’ tenía nueve años?
Me hacía mucha gracia ese tema.

Así fueron pasando los años, cada uno más feliz para mí.
La policía buscaba pistas, pero no las encontraba y llegó a pensarse en que se trataba de los espíritus, que habían venido para avisarnos de que el final estaba cerca. Pero no era así.
Muchos pensaron que se trataba de un hombre al que le habían robado la niñez, por eso mataba a niños entre trece y nueve años; pero el paso de los años les hizo cambiar de opinión, ya que ‘‘el asesino del quince’’ iba matando a gente de diferente edad, entre ellos una familia entera excepto una pequeña niña. Lo habían catalogado como milagro, pero aquella niña no pudo ayudarlos demasiado, ya que era yo. Sí, maté a mi propia familia, una familia que me había odiado siempre y siempre me odiaría. ¿Para qué sufrir más con los que no te quieren pudiéndolos matar?

Yo maté mucha gente durante mi infancia y adolescencia pero... ¿quién asegura que no siga matando?
La única que lo decidiría sería yo, pero dudo que lo deje, para mí, esto es un droga, el no poder matar me pone ansiosa y las consecuencias serían peores... Pero, ¿qué pasa con mi futuro?
Nunca me he visto casada y con hijos, nunca en la vida, tal vez es por que no quiero que vivan en un infierno como este, que tuviesen esa vida...

‘‘¿Quién asegura que el asesino del quince deje de matar?’’
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niniarosa
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MensajeTema: Re: Killed Fifteen . . .   Vie Jul 24, 2009 6:50 pm

Capitulo 2. Hanna.


Hanna reía y brindaba con otras dos personas que reconocí inmediatamente. Lauren Charles y Mike Jasson, los agentes que llevaban el caso del ‘‘asesino del quince’’.
Tenía vigilada a Hanna desde hace varios días, ella iba a ser mi próxima víctima; muy pronto, pero, mientras, iba a dejar que disfrutase de al fiesta.
No había conocido nunca en persona a Hanna, pero el ver como derrochaba su vida tirada todo el día en el sofá me ponía enferma.
La estancia estaba llena. Ya no recordaba qué era lo que se celebraba, pero al averiguar que Hanna iba a ir... Necesitaba saber más sobre ella, sobre lo que hacía cada día al levantarse y al irse a dormir...
Apoyé la cabeza contra la pared y seguí observando a mi víctima, la próxima vez que iba a verla sería ya en unas circunstancias poco favorables para ella.
-¡Shelly!-me llamó en voz de grito Giselle.
Se puso delante de mí haciendo movimientos con los brazos para poder captar su atención, aunque seguía mirando a Hanna.
-¿Se puede saber qué demonios miras?-me preguntó, mientras se giraba y dirigía la mirada dónde tenía captada mi atención-. ¿Quiénes son?-me preguntó, al ver el grupo de tres que brindaban.
Suspiré y, sin quitar la vista del grupo, le contesté.
-La de pelo castaño es la inspectora Charles y el hombre el inspector Jasson, son los que llevan el caso de ‘‘el asesino del quince’’-le informé-. La chica rubia no tengo ni idea-mentí. No podía dar sospechas.
Giselle asintió y le miré con las cejas alzadas.
-¿Ya te has aburrido de beber?-le pregunté.
Ella sonrió.
-Ni lo sueñes, un tío que estaba como un queso ha ido a por las bebidas-dijo, orgullosa de sí misma.
-Contrólate, luego soy yo la que te tiene que llevar en mi coche-remarqué la palabra «mi» para que lo comprendiera.
Pareció ver a aquel chico y se despidió de mí con un geste rápido de cabeza.
Me habría encantado ser Giselle.
Siempre estaba feliz y nunca, jamás, paraba de hacer cosas. Siempre tenía un nuevo proyecto en mente; pintar su habitación, salir una noche con los amigos, ir a trabajar, ir como ayudante a una guardería, clases de pintura... era un sinfín de cosas.
Por eso la elegí como amiga y única persona en la que podía confiar, sabía perfectamente que nunca llegaría a matar a Giselle, no cómo había hecho con otra personas.

Seguí observando a Hanna hasta que, en un descuido, la perdí de vista. Aproveché esa ocasión para poder salir al aire libre y dejar de ver a aquella gente que, poco a poco, iban emborrachándose.
La noche ya había entrado y estaba deseando que el aire fresco me rozara la cara. Lo necesita, sino, en cualquier momento me lanzaría a una persona cualquiera.
Salí de aquel lugar arrastrando los pies y con la mirada fija en el suelo. Caminé por un pequeño camino de piedras que llevaba hasta un jardín, pero preferí quedarme a mitad de camino.
Busqué en mi pequeño bolso mi paquete de tabaco, pero no lo encontré.
-Mierda-maldije, al recordar que lo había dejado en uno de los cajones de mi escritorio.
Apoyé la cabeza contra la pared y me senté en el suelo, me daba exactamente igual que mi vestido se manchase, ¿para qué? Nadie iba a fijarse en mí.
Rodeé las rodillas con mis brazos y las junté con mi pecho. Necesitaba controlar el ansia de matar, pero era casi imposible.
Metí la cabeza entre las rodillas e intenté contar los latidos de mi corazón, para intentar relajarme y poder controlarme.
-¿Shelly Brooks?-me preguntó alguien.
Al levantar la cabeza me encontré con la detective Lauren Charles, supuesta mejor amiga de mi futura víctima.
Me sonreía. Había que admitir que aquella clase de vida no le iba, se notaba que nuca antes había estado en una fiesta como esa, de gala, y tampoco en alguna otra.
Asentí con la cabeza y su sonrisa se hizo más ancha, como si hubiese descubierto algo fantástico.
-Soy la detective Lauren Charles-se presentó, aunque yo sabía de sobra quién era, hasta había llegado a plantearme el cargármela-. He oído que tú sobreviviste cuando el asesino de quince mató a tu familia.
Bajé la cabeza, queriendo parecer que no me gustaba ese tema, pero en realidad lo hacía para que no viese mis intentos por no estallar a carcajada limpia.
-Sí, ‘‘sobreviví’’-marqué la palabra e hice una mueca disimulada.
Me levanté del suelo y le miré a la cara.
-Ahora mismo estoy llevando el caso y... Antes de abandonarlo, me gustaría saber si viste algo-me dijo.
Alcé las cejas de la sorpresa. ¿Abandonar el caso?
-¿Abandonar?-le pregunté. Ella asintió, pero esperó a que le contestase-. Ya me interrogaron hace tiempo y dije todo lo que sabía. Han pasado muchos años, no recuerdo muchas cosas.
Ella suspiró.
-Mi compañero y yo lo vamos a abandonar, no hay pistas; nada de nada-me dijo.
-Que pena-musité.
Ella asintió.
-Muchos han dejado ya el caso... Parece imposible encontrar pruebas, ese asesino-se calló. Parecía que no quería hablar de ello.
Me sentía alagada, ¿de verdad hacía que muchos detectives abandonasen el caso? Pensé que sólo querían tener a los mejores.
-Un placer-dijo, mientras me tendía la mano.
-Igualmente-le dije, mientras juntaba mi mano contra la suya.
Se alejó caminando lentamente... ¡Qué bonita era la ignorancia!
Había tenido al asesino delante de sus propias narices y ni había sospechado siquiera.
-¡Hey, Shelly!-me llamó la voz de Giselle a lo lejos.
En cuanto me giré me encontré con su cara enfrente de la mía.
-A ti te andaba yo buscando-le dije-. ¿No te perece que es ya un poco tarde?
Ella sonrió.
-Cada vez te pareces más a mi madre-me dijo.
Intenté sonreír. Aunque ella tenía más o menos mi misma edad, yo la quería como mi propia hija. No quería que el pasase nada malo, por eso me preocupaba de ella.
-Y tú, cada vez más, te pareces a una adolescente rebelde-le dije en tono de broma.
Ella se rió.
-Es que... verás. El chico ese de ahí me a invitado a ir a tomar algo por ahí y...
Le sonreí.
-Adelante-le dije-. Diviértete y disfruta, yo me voy ya a casa.
Me dio un abrazo rápido y salió casi corriendo de allí.
Con un suspiro me dirigí a mi coche y me dirigí a mi casa, bueno, mi casa y la de Giselle.

El recorrido a casa no duró mucho. En cuanto llegué me quité ese asqueroso peinado que me había puesto para la fiesta y me lo dejé como siempre lo había tenido, liso.
Me puse mi pijama y me lavé la cara para deshacerme del maquillaje, odiaba las fiestas.
Ya era demasiado tarde, pero a mí no me importaba, no tenía que hacer lo de siempre: fingir que me dormía para poder hacer planes para la muerte de Hanna.
Me dirigí al pequeño salón y me senté en el sofá. Apoyé la cabeza e intenté distraerme, mas me fue imposible. Las ganas de matar me podían, pero intenté resistir a base de ver estúpidos programas de televisión que, supuestamente, daban gracia.
Me pasé media hora buscando algo que me distrajera viendo la televisión, pero todo me incitaba a matar más y a diferentes personas.
Me decanté por un programa del corazón, pero lo quité al ver que no soportaría el no aguantar matar a aquella panda que se insultaba y acribillaban a una pobre chica de veinte años que había sido novia de no se quién.
Cambié de canal con rabia, ¿cómo se podían permitir el hablar de esa forma a una cría? Y decía cría por su actitud y por su cara, no parecía tener veinte años.
Dejé un programa de noticias al oír algo interesante.
-El asesinato más reciente de ‘‘el asesino del quince’’ se trata de Kyle Vreeds. Su cuerpo apareció ayer por la tarde en su casa y fue encontrado por su hermana pequeña que acababa de llegar de vacaciones con sus padre. El chico tenía dieciocho años y, como todas las víctimas, fue encontrado con quince puñaladas en el pecho...
Recordé, con una sonrisa, como maté a aquel chico que se destrozaba la vida comerciando con droga entre los alumnos de un instituto.
Aquel chico no duró mucho, a la novena puñalada murió pero... ¿lo iba a dejar en nueve? Entonces dejaría de ser el ‘‘asesino del quince’’ y pasaría a ser el ‘‘asesino del nueve’’. Me reí ante aquel pensamiento y me quedé escuchando un debate sobre aquel asesino.
Me enfadé mucho al ver cómo hablaban de él, ¿por qué tenía que ser un esquizofrénico? ¿o un hombre que mataba por placer?
Yo no mataba por placer, mataba para que se diesen cuenta de cómo despreciaba la gente sus asquerosas vidas.
Apagué con fuerza la televisión y me dirigí a mi habitación.
La casa no era muy grande. Simplemente constaba de una habitación y una sala de estar que, por al noche, se convertía en la habitación de Giselle.
No era pobre, ni mucho menos, pero tampoco era tan rica. Gané mucho económicamente al ser la única heredera de la familia Brooks, pero nunca maté a toda mi familia sólo por el dinero.
Me senté y saqué de uno de los cajones mi queridísimo paquete de tabaco y encendí un cigarrillo.
Ya tenía preparado encima unas fotos de Hanna. Sabía perfectamente qué hacía nada más levantarse, a dónde iba, qué comía y cuando se quedaba sola.
Comencé a planear cómo podía ser su asesinato...
Dejé el cigarrillo en el cenicero y me quedé observando fijamente las fotos.
-¿Podría hacer algo menos doloroso?-me pregunté, mientras cogía una foto en la que Hanna hablaba en el salón de su casa con la detective Charles-. ¿O, tal vez, hacer que sufra más?
Me toqué la barbilla y sonreí.
-El asesino del quince siempre actúa igual-me dije, a mí misma-. Nunca cambiará, Shelly, nunca lo hagas cambiar.
Saqué de otro de los cajones un bloc de notas y comencé a escribir todo lo que haría al día siguiente, el peor día de la vida de Hanna y su último día.
-Nunca cambiará-me repetí, mientras escribía en el bloc.



Al día siguiente me levanté sin muchas ganas, pero el saber que Hanna no iba a seguir desperdiciando su vida hizo que comenzara a silbar el ritmo de una canción que había escuchado el día anterior en al fiesta.

Comí sin saborear lo que comía y me vestí más rápido de lo normal. Pude comprobar que Giselle no había dormido aquella noche en casa. El sofá estaba tal y como lo había dejado la noche antes ir, aparte de que no había indicios de que hubiese entrado en la casa.
Salí de la casa y bajé las escaleras a un ritmo acelerado, me encantaba el saber que aquel día iba a matar.
Caminé por las calles de la gran ciudad, mientras iba de camino a casa de Hanna...
Había escondido debajo de mi camiseta un cuchillo y me parecía increíble que hubiese pasado desapercibido... Precioso domingo...
No tardé en llegar. Los apartamentos donde vivía no estaban lejos, aparte de que ella vivía en un bajo... Me podía colar por la ventana con total facilidad y así lo hice.
Sabía perfectamente cual era su habitación, cuando ella entraba en su habitación o cuando estaba en el salón, lo sabía todo sobre ella.

La habitación era tal y como lo había esperado: desordenada.
Me quedé cruzada de brazos en medio de la desértica habitación y me decidí por lo sencillo: tirar algo al suelo para que Hanna acudiera y yo matarla con tranquilidad.

Cogí la lámpara de la mesilla y la tiré con fuerza al suelo, no tardé en oír el típico: ‘‘¿Hay alguien?’’ que se solía comentar cuando oías un ruido, totalmente patético.
Me escondí detrás de la puerta que no tardó en abrirse para que detrás apareciera Hanna vestida con un chándal.
-¿Se puede saber quién a tirado esto?-preguntó al aire, aunque en realidad, no estaba sola.
-Tal vez he sido yo-contesté, mientras cerraba la puerta con cuidado de no dejar huellas.
Pegó un brinco y me miró con terror, mientras daba un paso atrás.
-¿Q-quién eres?-me preguntó, tartamudeando.
Alcé las cejas y me reí fríamente.
-Normalmente la gente suele asustarse cuando ve a alguien en su casa-le dije, mientras sacaba el cuchillo que me había guardado y miraba atentamente su cara-. Suelen decir: ‘‘Oh no, el asesino del quince, ¡socorro!’’-imité una estúpida voz mientras alzaba el cuchillo-. Te lo tenías que haber pensado antes de tirarte todo el santo día en el sofá, Hanan-le dije, con una sonrisa.
Aún estaba en trance, por lo que aproveché para atacarle y clavarle la primera puñalada, tapándole la boca para que no gritara.

Así seguí, hasta que llegué a la catorce y noté como aún se revolvía. Claro, todavía no había tocado la zona del corazón.
-¿Sabes? Tienes suerte, eres la primera que llega hasta aquí...
Comenzó a sollozar, ¿acaso iba a lograr que me ablandara y la dejara que se fuera tranquilamente al hospital? Ni loca.
Clavé con gran orgullo la puñalada número quince y esperé a ver como se desangraba poco a poco y pedía ayuda con la poco voz que el quedaba.
De repente, la puerta me sobresaltó.
-¿Hanna?-preguntó una voz, que reconocí como la detective Charles.
Miré a Hanna, que acababa de cerrar lo ojos para siempre y me encaramé hacia la venta, rompiéndome un tacón en el trayecto.
-¡Mierda!-maldije en lo bajo, mientras oía las pisadas de la detective cada vez más cerca.

Era quedarme ahí a recoger el tacón y que me pillase o salir corriendo para no quedar como la asesina que era, elegí la segunda opción, pero me quedé e escuchar el grito que daba la detective Lauren Charles al ver el cuerpo sin vida de su compañera de piso y mejor amiga.
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MensajeTema: Re: Killed Fifteen . . .   Vie Jul 24, 2009 6:51 pm

Capitulo 3. Asesina del quince.


Narradora Lauren Charles.

Apoyé la cabeza en las manos y la hundí en ellas. ¿Por qué Hanna? ¿Por qué ella y no otra persona? Aquel asesino comenzaba a hartarme y, cada vez más, veía imposible el hecho de poder descubrir de quién se trataba.
-Lauren-me llamó una voz. No tuve que levantar la cabeza para saber que se trataba de Mike, mi compañero de profesión.
No pude evitar echar a llorar. El ver el cuerpo sin vida de mi mejor amiga con quince puñaladas me había puesto totalmente enferma y me daban ganas de acabar conmigo también.
Se sentó a mi lado y me rodeó el hombro.
-Tranquila, piensa que...-le interrumpí.
-Por favor, no me vengas con lo mismo de siempre-dije, entre sollozos-. Me lo sé de memoria.
Me froté los ojos con las manos y miré alrededor.
El salón de mi casa estaba lleno de policías y agentes recogiendo posibles pruebas que pudieran dar con el asesino. Pero esto último lo veía imposible.
No sabía como siempre lo conseguía, pero aquel asesino se libraba de toda prueba policial que existiese, ¿cómo podía conseguir tal perfección?

-Charles-me llamó la voz del inspector Wen. Levanté la cabeza y me encontré con su mirada atenta a través de sus gafas-. Lo siento-dijo-, pero comprenderás que... Necesito que firmes el acuerdo previsto ayer, sobre abandonar el caso-me explicó.
Cerré los ojos y miré fijamente la moqueta de color marrón y negué con la cabeza.
-Quiero encontrarlo-le dije-, quiero encontrar al cabrón que ha matado a Hanna-rompí a llorar y me apoyé en el hombro de Mike, que me abrazaba y me decía pequeñas frases para tranquilizarme.
-Charles... El caso es complicado y comprendo que quiera atraparlo, pero pienso que...
-Es mi vida-le interrumpí-. Quiero encontrar a ese asesino y lo encontraré... Por las buenas o por las malas.
Oí suspirar al inspector y noté como iba a replicar, pero en la sala irrumpió Dennise, la chica del laboratorio que había ido ahí por una supuesta falta de personal.
-No os lo vais a creer, pero he encontrado una pista-dijo, sonriente, mientras mostraba una pequeña bolsita de plástico que, a través de la cual, se transparentaba un pequeño objeto de color marrón y en forma de filo.
Me levanté de un salto y mi corazón comenzó a palpitar a una gran velocidad, ¿pista? ¿había una pista?
Le arrebaté el plástico y me quedé observándolo un buen rato, hasta que Mike me lo quitó de las manos y se lo enseñó al inspector.
-¿Se puede saber que demonios es esto?-preguntó el inspector.
Dennise suspiró.
-Como se nota que es un hombre-musitó-. Esta claro que es...
-Un tacón, roto-acabé la frase de Dennise sin quitar la vista del plástico con el tacón-. Lo que buscamos no es una asesino, sino una asesina-concluí, mirando al inspector que miraba perplejo el plástico.
-¿Una mujer?-preguntó-¿Es una asesina?
Dennise se encogió de hombros.
-Podría ser un tacón roto de Hanna-al escuchar su nombre comencé a temblar-, o de Lauren, aunque hemos mirado todos los zapatos y ninguno está roto.
La miré.
-Has... ¿mirado todos mis zapatos?-le pregunté, aunque estaba un poco fuera de lugar.
Se encogió de hombros.
-Lo necesitaba-murmuró y me sonrió.
El inspector seguía mirando el plástico con el tacón y me dirigió su mirada.
-¿Podrá encontrarla?-me preguntó.
Asentí.
-Simplemente tendremos que encontrar a una mujer con el tacón roto-le dije, con una sonrisa.
Mike me miró, horrorizado.
-Pero...-Dennise le interrumpió.
-Hay un código de serie que puede decir el modelo y, con suerte, la tienda... Tal vez nos den la lista de clientes.
Nos miró a las dos.
-¿Vosotras sabéis cuantas mujeres que compran tacones hay?-nos preguntó.
-Muchas-respondió Dennise.
-A si que hay que comenzar en cuanto antes-terminé de decir.
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